Personas en fila frente a unidad móvil de la Asociación Antituberculosa, San Juan, PR, Colección de Fotos del Periódico El Mundo, Eddie Figueroa, 1962
Imagina que te levantas temprano para ir al trabajo y acompañas tu desayuno con un vaso de leche. Días después, desarrollas una tos persistente, flema con sangre, dolor en el pecho y una fatiga que no te deja continuar. Acudes al médico y recibes un diagnóstico de tuberculosis. Sin saberlo, probablemente ya has expuesto a quienes te rodean.
Así comenzó una de las epidemias más devastadoras en Puerto Rico durante el siglo XX. En aquel entonces, la leche no pasteurizada era un vehículo común de transmisión. La tuberculosis llegó a convertirse en la segunda causa de muerte en la isla. Alcanzó su punto más crítico en 1933, con 333 muertes por cada 100,000 personas, sin discriminar entre clases sociales. Ante la falta de tratamiento, se establecieron hospitales en Río Piedras y Ponce, donde los pacientes eran aislados como única estrategia de contención, aunque con capacidad limitada.
Sin embargo, a partir de la década de 1950, la historia cambió drásticamente. La mortalidad se redujo casi a la mitad en pocos años. Esto no fue casualidad. Según el estudio epidemiológico del Dr. Jose Janer en 1954, fue el resultado de intervenciones de salud pública basadas en evidencia: la introducción de antibióticos como la estreptomicina y el ácido para-aminosalicílico (PAS), el acceso gratuito a tratamiento, mejoras en el diagnóstico y campañas educativas efectivas. Puerto Rico demostró que cuando la ciencia y la política pública trabajan de la mano, se salvan vidas.
Hoy, muchos podrían pensar que la tuberculosis es cosa del pasado. Pero la realidad no es así. A nivel global, sigue siendo la enfermedad infecciosa más mortal, sobrepasando a COVID. Cobra más de 1.2 millones de vidas anualmente según la Organización Mundial de la Salud. La tuberculosis es prevenible y curable, pero persiste donde hay pobreza, fallan los sistemas de salud, y la continuidad del tratamiento.
Iniciativas como los programas de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y el Fondo Global de lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria han sido pilares en la reducción de millones de casos a nivel global. Estas iniciativas financian el diagnóstico, tratamiento y prevención en países con menos recursos. Sin embargo, cambios recientes en financiamiento y prioridades políticas amenazan con debilitar estos avances. Reducir el apoyo a estos esfuerzos aumenta el riesgo de que la enfermedad resurja y cruce fronteras.
Puerto Rico no es la excepción. Este 24 de marzo, Día Mundial de la Tuberculosis, y como defensora comunitaria del altruismo global con la organización nacional RESULTS, les exhorto a actuar. Informarnos, hablar del tema, apoyar organizaciones que trabajan en salud global y exigir a nuestros líderes que mantengan el financiamiento a programas que han probado funcionar. La erradicación de la tuberculosis no depende solo de avances científicos, sino de decisiones colectivas. Olvidar nuestra historia no la hace desaparecer, pero nos hace más vulnerables a repetirla.


